domingo, 13 de septiembre de 2009

Capitulo XV: ASISTENCIA PERFECTA.

Si hubiera entendido la necesidad de ir a estudiar afuera, quizás lo hubiera aceptado. Pero es tan difícil, creer que eso era lo mejor para un chico de catorce años. Hoy tengo un hijo de esa edad y no me imagino viviendo lejos de él. Me va a doler cuando mis hijos se vayan, cuando la vida los separe de mi, cuando les crezcan las alas y echen en vuelo, ¿porque adelantarse a la naturaleza?, ¿con que derecho y con que motivo válido?...
El verano llegó y la esperanza de torcer la voluntad de mis viejos se renovaron. Tenía unos meses para demostrar que podía ayudar, si estuviera en casa. Me dedique a atender el campo y la chacra y a cumplir todas las órdenes del viejo.
Marzo implacable llegó y otra ves el calvario. Las despedidas y el bolso.
Pero este año sería diferente en muchos aspectos. Ya no viviría en la casita de Viamonte, ahora sería en un departamento de Zelarrayan al 600.
Desde el sexto miraba los techos y me imaginaba el monte, la jarilla, el piquillin, el matasebo, el campo; y sabía que este año sería diferente.
Doña Mercedes ya no nos acompaño y sería una hermana virtual la que debía controlar mis movimientos. Nuestros horarios no coincidían y nunca nos encontrábamos en casa. Algún mensaje escrito y pegado en la puerta de la heladera, me recordaba que no estaba solo.
Los fines de semana, Beltrán. Los lunes empecé a faltar y después serían contados los días que concurría al cole.
La primer reincorporación la firmé imitando a mi viejo. Don Manuel García era el secretario y quien me pedía que le dijera a mis viejos que el director deseaba verlos, claro las cosas no iban bien.
Yo seguía la rutina, el cine, el club, la tele con mandarinas que devoraba diariamente, y los libros iban y venían del cole, en la mochila sin ver la luz del día, creo que hasta olor a humedad tenían.
Algunas veces cocinaba algo más de chuletas y ensalada, recordará toda su vida mi hermana la primer tortilla de papas, cuando entró al edificio la baranda de la cebolla frita le pego entre los ojos.
-¿Quien será el animal que está de fritanga? –Se pregunto, como para dedicarle a alguien, semejante puteada.-
Los vahos aumentaban cuando el ascensor llegaba al sexto.
-Lo mato. ¡Hoy lo mato! –Murmuraba con los dientes apretados-
Cuando por fin llegó al B aún no lo podía creer. El animal era yo.
-¡¡Norberto!! –Grito cuando abrió la puerta-
-¡Callate boluda y vení a ayudar! –Le dije con las lágrimas que me empapaban, entre el humo del aceite y las cebollas quemadas.
La cuestión es que el pegote no se pudo comer.
Otra vez, intentamos hacer ñoquis. Quedamos de harina, como ratón de panadería, y los cascotes en la basura. No era fácil.
Lo que más me impresionó en la cocina por aquellos tiempos fue el arroz. Me dispuse a preparar una zopa, con mucho cuidado, elegí una cacerola del tamaño de mi apetito, puse agua en abundancia, porque sabia de la sed de estos desgraciados. Cuando creí conveniente y tal como me había asesorado mi vieja, agregue un pocillo de arroz. Estos desaparecieron en aquel recipiente, conociendo a mi vieja estaba seguro que esa era la porción que comía yo cuando tenía dos años, y no podía haber crecido tanto. Vertí un nuevo pocillo y pensé que si sobraba un poquito se lo guardaría a Graciela, y agregue dos pocillos más. Al cabo de unos minutos la espuma quería salir de la cacerolita y le puse más agua. Los bichos ya estaban más grandes pero aún mantenían cierta dureza.
El fuego y el agua los hincharon hasta que salieron del recipiente y colmaron mi paciencia, ya no los aguante más y a patadas fueron a dar al incinerador. Y otra vez, chuletas y ensalada.
La segunda reincorporación también la firmé como haría el viejo. Dn. Manuel insistía en ver a mis viejos.
-No pueden venir Dn. Manuel. Ud. Sabe..... mucho trabajo.
Cuando sumé la inasistencia número 75 injustificada, ya Dn. Manuel no me pudo salvar y me quede libre.
Yo no sabia bien de que se trataba, en primer momento pensé que era libre para irme a mi casa, pero era libre para rendir todas las materias. Hasta los recreos me parece que estaban en los dos ejemplares de permisos de exámenes, que había logrado llenar.
Cuando le botonearon a los viejos, en menos que canta un gallo la tuve a la vieja en Bahía, cagandome a pedos. Después lloró un rato y dijo que yo no la quería y que lo había echo a propósito y todas esa yerbas. Finalmente se tranquilizó y largué mi oferta, que tenía pensada desde hacía tiempo.
--Me llevas a estudiar a Beltrán y te rindo todas esas materias de mierda para no perder el año.
La espada y la pared encontraron a mi vieja en el medio.
Sonó su nariz y rugió...
--Ganaste, pero como no sea como vos decís, preparate para la pateadura que te dará tu padre.
No podía demostrar la alegría, pero el zurdo me iba a mil. A los pocos días preparé el bolso por última vez.
Unas quince materias me separaban de la prometida pateadura y me puse las pilas.
En una semana pasaron todas, de a tres por día. Ya estaba en Beltrán. En cuarto año de secundaria. Y esta es otra historia.

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